13 de diciembre de 2017

TRABAJAR Y SER POBRE

Según Intermón Oxfam, el salario medio de los trabajadores mejor remunerados en España es unas 10 veces superior al de los peor pagados. En las empresas del Ibex, un primer ejecutivo gana 112 veces el salario medio de sus empleados, y 207 veces el sueldo más bajo. Desde que estalló la crisis, el número de millonarios en España se ha incrementado en un 60%, pero también han subido un 35% las personas que no llegan a ganar 6.000 € anuales. Los sueldos en el último año han bajado un 0,8%. Según la Universidad de Comillas, en su reciente estudio Familia 2017, el 42'5% de las parejas jóvenes no pueden formar un hogar. El paro en menores de 25 años, supera el 40%. Si, antes de la crisis, ser mileurista era un infortunio, hoy casi es un privilegio.

Perdemos prosperidad y, a pesar de los indudables avances globales que han sacado de la miseria a millones de personas, especialmente en zonas hasta hace poco consideradas "tercer mundo", como China, las economías avanzadas afrontan un problema masivo de desigualdad. Una desigualdad que no sería crítica si todos los segmentos sociales ascendieran y ganaran capacidad adquisitiva, aunque algunos de ellos lo hicieran más rápidamente. El problema es que la riqueza se concentra de forma acelerada en segmentos cada vez más exclusivos de la sociedad, mientras capas cada vez más amplias de europeos y americanos tienen dificultades crecientes de acceso a sanidad, y educación (e, incluso, a alimentación). Mientras la productividad (inducida por el cambio tecnológico) se ha incrementado en un 250% en EEUU desde 1975, los salarios se han visto inalterados en los últimos 40 años (descontando la inflación). Según la consultora McKinsey, 800 millones de puestos de trabajo se ven amenazados por robotización en los próximos años. La digitalización acelerada del mundo volatiliza antiguas cadenas de valor físicas y las transforma en cadenas virtuales. Cada vez hay menos oferta de trabajo, y mayor inestabilidad laboral. La creciente competencia por un empleo hace que los salarios tiendan a la baja, y la población se precarice de forma implacable. Una nueva clase social está emergiendo, los “Working Poor", aquellos que, aun teniendo un trabajo, no pueden escapar de la miseria. Uno de cada cinco españoles vive por debajo del umbral de la pobreza (con unos ingresos netos anuales inferiores a 8.000 €). En el Reino Unido o Alemania, el 15% de la población vive por debajo de este umbral, en un momento donde se incrementa el número de mega-millonarios globales: las ocho personas más ricas del mundo acumulan un patrimonio de 426.000 millones de dólares, equivalente al del 50% de la población mundial. Jeff Bezos (fundador de Amazon) acaba de superar a Bill Gates (Microsoft) como la persona más rica del mundo, con un patrimonio superior a los 90.000 millones de dólares. Entre el resto de afortunados figuran Carlos Slim (magnate mexicano), Mark Zuckerberg (Facebook), o Amancio Ortega (Zara). Si redujéramos el patrimonio de estas ocho personas a la mitad (y está claro que con esta medida no les dejaríamos a la miseria), podríamos multiplicar por dos el patrimonio de media humanidad.


Por primera vez en la historia, el mundo no afronta un problema de producción, sino de distribución de la riqueza. Según el World Economic Forum, la expansión de la desigualdad es el principal riesgo económico actual. Paradójicamente, esta desigualdad llega en un momento de revolución tecnológica: nunca como ahora la tecnología nos había ofrecido tantas posibilidades productivas y transformadoras. La época del big data, el internet of things, la inteligencia artificial, la medicina personalizada o la genómica avanzada es una época de inestabilidad y conflicto. La tecnología trae progreso, pero también paro. Nos encontramos en un punto de bifurcación: la humanidad puede optar por un escenario de abundancia y productividad, una forma renovada de capitalismo social distributivo; o avanzar hacia un tecnofeudalismo donde las rentas se concentren en capas cada vez más pequeñas de afortunados inversores y emprendedores de éxito, excluyendo a la mayoría del potencial bienestar global. Son necesarias medidas urgentes. El malestar generado por la desigualdad y la incertidumbre económica ya está dibujando un peligroso panorama de tensiones geopolíticas y liderazgos populistas. Es imprescindible acelerar el cambio tecnológico, y buscar formas redistributivas del valor generado. Y, desgraciadamente, parece que no vamos por buen camino: los salarios, la alarmante evolución del fondo de pensiones, el endeudamiento, o las paupérrimas estadísticas de I+D, recientemente publicadas, no anticipan unos años de bonanza.

Artículo originalmente publicado en ViaEmpresa

1 de diciembre de 2017

LAS LEYES DE LA ESTUPIDEZ HUMANA

En 1976, un profesor italiano que impartía clases en Berkeley, Carlo M. Cipolla, escribió un magistral ensayo sobre lo que él percibía como una de las mayores amenazas de la humanidad: la estupidez. Para Cipolla, los estúpidos son abundantes, son irracionales y causan problemas sin generar beneficio para nadie. No hay defensas para la estupidez. Si descubre un estúpido, evítelo. El resto de la población se ve obligada a trabajar el doble para paliar los efectos destructivos de la estupidez.

Cipolla segmentó los perfiles humanos en una genial matriz. Podemos encontrar individuos que, en su toma de decisiones, generen valor para ellos mismos, o lo destruyan. Y, en cada caso, podemos encontrar individuos que generen valor para la comunidad, o lo destruyan. Aquéllos con la habilidad suficiente para crear valor para el conjunto, generando a su vez beneficios para ellos, son los llamados “inteligentes”. Un inteligente puede aprovechar a la comunidad para sus propios fines, pues todos salen ganando. Es el famoso “win-win”, o comportamiento cooperativo.  Pero si, para conseguir beneficios propios, destruimos valor para el conjunto, entonces somos unos “malvados”. Por el contrario, si para generar valor para el conjunto sacrificamos beneficios propios, seremos unos “ingenuos”. Finalmente, si con nuestras acciones destruimos valor para todos (para nosotros y para los que nos rodean), entonces somos unos “estúpidos”.

Cipolla progresó en su razonamiento, proponiendo cinco soberbias leyes de la estupidez:

1- Siempre, e inevitablemente, tendemos a subestimar el número de estúpidos en circulación. Pensamos que los que nos rodean son inteligentes por defecto, pero el número de estúpidos siempre es superior a nuestras percepciones. Básicamente, porque creemos que el comportamiento estúpido es imposible por absurdo (hasta que queda en evidencia, en ocasiones a niveles inimaginables), y porque muchos estúpidos se esconden tras importantes cargos, posiciones, o niveles educativos.

2- La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona. La estupidez es transversal, y aparece independientemente de la raza, sexo, religión, nacionalidad, profesión, edad, educación, preferencias políticas, experiencia o cualquier otra característica de la persona.

3- Un estúpido no puede evitar causarse daño a sí mismo, causando a su vez daño a su entorno. Para Cipolla, esta era la “Regla de Oro de la Estupidez”. Los inteligentes pueden llegar a entender el comportamiento perverso o ingenuo, pues, al fin y al cabo, ambos son racionales. Un malvado buscará su beneficio aún a perjuicio del de otros, pero su egoísmo puede llegar a interpretarse. A un ingenuo no le importará tener pérdidas personales si el conjunto sale ganando, y eso puede entenderse como "generosidad". En ambos casos, una vez identificado el perfil, su comportamiento es previsible. Sin embargo, los estúpidos son irracionales y, por tanto, volátiles e imprevisibles. Pueden tomar decisiones absurdas, suicidas y autolesivas, estropeando lo que tocan, comprometiendo al que interacciona con ellos, generando pérdidas por donde pasan e insistiendo en sus errores.

4- Un no-estúpido tiende a desestimar las consecuencias catastróficas de relacionarse con un estúpido. Tratar con un estúpido, en cualquier circunstancia, es un error de consecuencias imprevisibles. La magnitud de la estupidez puede no tener medida. Como decía Einstein, “sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana (y de lo primero, no estoy seguro)”.

5- Un estúpido es más peligroso que un malvado. A fin de cuentas, el comportamiento y las maniobras de un malvado son comprensibles (busca su progreso personal a toda costa), y por tanto sus objetivos son previsibles y anticipables. Sin embargo, el estúpido goza de estupidez creativa: jamás dejará de descolocarnos con nuevas ocurrencias absurdas.

Yo añadiría una sexta ley (ésta, de cosecha propia): La estupidez atrae más estupidez. Dado que los inteligentes y los malvados los evitarán para impedir que les generen perjuicios, los estúpidos tienden a trabajar preferentemente con otros estúpidos. A ellos, se les suelen añadir ingenuos, a los que no les importa hacerse daño a sí mismos. Los cúmulos de estúpidos e ingenuos tienden a crear sus propias creencias y códigos de comportamiento. Derivan en subculturas y clanes. Si un malvado detecta una oportunidad para él en un cúmulo de estúpidos e ingenuos, y se pone a liderarlos, la resultante puede derivar en secta.

Para Cipolla, nada se puede hacer con los estúpidos. Como la proporción de estúpidos en todas partes es la misma, la diferencia entre sociedades que colapsan bajo el peso de sus cúmulos de estúpidos, y aquéllas capaces de prosperar, se debe a la mayor o menor habilidad y capacidad de trabajo de los no-estúpidos, que evitarán que los estúpidos copen posiciones de poder, y que, en todo caso, se verán obligados a compensar los desastres creados por ellos.


Mire a su alrededor, y analice cuántos estúpidos detecta. Aléjese de ellos. Es imposible anticipar su comportamiento. Cuando se enfrente a un estúpido, estará en desventaja competitiva, pues usted será cautivo de su propia racionalidad, mientras que el estúpido será incapaz de calibrar las consecuencias destructivas de sus actos.