29 de octubre de 2017

BIENVENIDOS A LA ERA DISTRIBUTIVA

Hace años leí un interesante libro de Brian Arthur: The Nature of Technology, What It Is and How it Evolves. En él, Arthur, profesor experto en materias tan apasionantes como la teoría de la complejidad, analiza la esencia de la tecnología: su creación (siempre asociada a un agente humano), y su evolución. El cambio tecnológico es un fascinante proceso de emergencia aleatoria de tecnologías, de variación y selección darwinista de las más útiles, y de complementariedad y competición entre ellas, que ha sustentado progreso humano desde el Paleolítico.

Esta semana he vuelto a encontrar un apasionante texto de Arthur: Where is Technology Taking the Economy?, publicado en McKinsey Quarterly. Según el autor, la tecnología ha creado una “segunda economía”, una economía digital, virtual, y cada vez más autónoma. Me he alegrado de compartir esta visión. En algunos de mis artículos ya he alertado de la posibilidad de que el proceso tecnológico nos lleve a la creación de agentes virtuales, empresas totalmente digitales, capaces de generar valor económico absolutamente sin necesidad de presencia humana. Empresas que analicen digitalmente el contexto competitivo tomen decisiones (mediante algoritmos de inteligencia artificial), ordenen compras, dispongan de cadenas de suministro y líneas de proceso automatizadas, y vendan por canales digitales o mediante avatares en punto de venta sin ninguna presencia humana. Creo factible que empresas como General Motors, Boeing, Merck o Siemens compitan y produzcan en un futuro próximo mediante sistemas de decisión digitales, y robots, casi sin necesidad de personas. Para Arthur, esto marca un punto de inflexión crítico. Si hasta ahora el reto era la generación de valor, ahora es la distribución de ese valor. Yo añadiría más: si el reto del desarrollo económico hasta ahora ha estado en la oferta (perfección de la competencia y la producción), ahora estará en la demanda (estímulo del consumo) con un mercado de trabajo anémico y sociedades empobrecidas en las economías avanzadas. “La política cambiará, las creencias del mercado libre cambiarán, y las estructuras sociales también”, según el autor.

Para Arthur, el fenómeno se debe a entrar en una especie de tercera fase de desarrollo digital (en una lógica similar a la de la 4ª revolución industrial). En una primera etapa (1980-90), desarrollamos procesadores y potencia de cálculo. En una segunda (1990-2000), los conectamos mediante internet. Pero ahora, no sólo conectamos dispositivos y datos, sino que obtenemos patrones y referencias de los mismos. Océanos de datos son generados constantemente, y ahora disponemos de sistemas que permitan conectar la información. El famoso “connecting the dots” de Steve Jobs reaparece con fuerza. Algoritmos digitales pueden generar patrones: a partir de los pixels, reconocen una cara. A partir de los sonidos, reconocen una conversación. A partir de los datos históricos, reconocen una tendencia. A partir de las observaciones de fenómenos naturales, reconocen (o inducen) una nueva ley física. A partir de indicadores empresariales, reconocen una estrategia. Por primera vez, los ordenadores desarrollan una capacidad reservada hasta ahora a los humanos: la asociación de información para generar patrones lógicos superiores. Si esa información es inconexa y asocia conceptos no previamente relacionados, los patrones emergentes son patrones creativos. Se externaliza la inteligencia. Podemos estar ante un fenómeno similar al que significó la invención de la imprenta. Con ella, la información dejó de ser propiedad de una serie de monasterios aislados, y se abrió al mundo, con su impacto en la revolución científica posterior que originó la Ilustración, y desencadenó el capitalismo moderno. Ahora, es la inteligencia (el uso de la información) la que se externaliza a las conversaciones entre sistemas digitales autónomos.

¿Cuál será el efecto de la externalización de la inteligencia en los negocios (o, mejor dicho, de la commoditización de la misma)? No sólo la emergencia de nuevos modelos de negocio y de nuevas posibilidades empresariales, ahora impensables (el tiempo las irá desvelando). La extensión de la economía virtual tendrá un fuerte impacto en el mercado de trabajo (en esto también coincidimos con Arthur). Los economistas clásicos siguen defendiendo que, ante cualquier cambio tecnológico, los viejos empleos son substituidos por nuevos empleos. El automóvil supuso el fin de los conductores de carrozas y de múltiples artesanos del metal. Pero el balance fue positivo. Como la llegada del ordenador, internet o el teléfono móvil, creadores netos de industrias enteras. Pero ahora el escenario es diferente: una “twin economy” (economía gemela), digital, se está construyendo. Los empleos que desaparecen no son substituidos porque pasan a formar parte de esa economía virtual, son desarrollados por algoritmos. Empleos de carga cognitiva e inteligencia creciente. Quizá hemos llegado al “punto de Keynes” (quien predijo que en 2030 existiría producción en abundancia, pero desempleo masivo).

La conclusión de Arthur es que hemos iniciado la Era Distributiva, un nuevo tiempo donde la producción de bienes y servicios deja de ser un problema, y el gran reto es desplegar mecanismos de distribución eficiente del valor creado. Mientras en la vieja Era Productiva las políticas de desarrollo incentivaban el crecimiento económico (proyectado en el PIB), un nuevo mindset debe ser creado y desplegado cuando la gran restricción no es la producción ni el crecimiento, sino el acceso al trabajo y a los bienes. La Era Distributiva cuestionará los viejos principios del capitalismo ortodoxo y, para bien o para mal, será una era de intensa carga política. La producción y el crecimiento ya son sólo problemas de tecnología e ingeniería. La distribución del valor para evitar que el sistema colapse es un urgente problema político.



22 de octubre de 2017

LA ECONOMÍA DE LA FELICIDAD

¿Podemos dar una dirección moral a la economía? ¿Tiene todavía sentido la afirmación de Milton Friedman de que “el único objetivo de una empresa es crear valor para sus accionistas”? ¿A dónde nos lleva este pensamiento económico? Estamos en una encrucijada, un gran punto de bifurcación: la humanidad se puede encaminar hacia un mundo de abundancia, gracias a las nuevas tecnologías; o a una especie de tecno-feudalismo, dominado por una pequeña élite de opulentos inversores y creativos emprendedores, rodeados de una inmensa desigualdad y pobreza. La robótica, la inteligencia artificial, la genómica y los nuevos materiales sitúan a la humanidad ante un horizonte tan esperanzador como incierto. A un lado, el tren de la abundancia: recursos suficientes para todos, gracias a una tecnología liberadora, democrática, simplificadora de problemas y mejoradora de experiencias. Una tecnología que puede disociar a la persona del trabajo: el trabajo puede ser totalmente asignado a las máquinas. Y, al otro lado, el tren del feudalismo tecnológico: el desplazamiento despiadado de empleados por algoritmos digitales y autómatas. La desigualdad, la pobreza y la precariedad impulsada por una nueva versión de ultracapitalismo financiero y tecnológico. Detrás de esa precariedad, la desaparición de las democracias, la quiebra de los estados del bienestar, y la emergencia de extremismos políticos. En el tren de la abundancia, la máquina está al servicio del ser humano. En el otro, el hombre ha perdido su identidad en un mundo biónico y subyugado por el poder de la tecnoeconomía.

Mi nuevo libro, Economía de la Felicidad (Plataforma Editorial), escrito junto con Josep Maria Coll, examina la encrucijada a que nos enfrentamos y propone, sin negar los riesgos distópicos que acechan al porvenir de la humanidad, una hoja de ruta con las claves para aprovechar la oportunidad que representa la tecnología y las posibilidades que ésta abre para acabar con la pobreza, la desigualdad y el trabajo precario. La Renta Básica Universal es condición necesaria, pero no suficiente. Y no es inmediata, debe plantearse a largo plazo. Constituye un horizonte posible, una gran meta como culminación de un sistema, el capitalista, que ha conseguido sacar a millones de personas de la pobreza, pero que puede colapsar como consecuencia de la tecnificación masiva. Necesitaremos grandes dosis de innovación social, y la construcción de nuevos paradigmas basados en una educación capaz de formar personas libres, con sentido crítico, comprometidas socialmente, y con pleno desarrollo de sus capacidades y talento natural.

Podemos avanzar hacia un mundo casi utópico, donde la pobreza se haya abolido, la tecnología trabaje para sustentar el bienestar global, y donde las personas desarrollen su creatividad para ser felices. El talento libre y motivado por un propósito superior es la clave para la construcción de auténticas economías del conocimiento, creativas y humanísticas, generadoras de prosperidad compartida. En ese escenario, la economía de la felicidad es posible.


¡Espero que os guste el libro! Está ya en Amazon (aquí), y en librerías a partir del 30/10 😉

13 de octubre de 2017

REDES SOCIALES, CIBERSEGURIDAD Y DEMOCRACIA

Durante la campaña presidencial americana de 2016, unas 500 cuentas de supuestos ciudadanos americanos fueron sigilosamente abiertas en Facebook. Dichas cuentas compraron más de 3.000 espacios publicitarios políticos, y empezaron a emitir opinión sobre el curso de los acontecimientos, a abrir foros de debate, y a participar en debates preexistentes. Alrededor de las mismas se generaron falsas noticias (“fake news”) y posts inflamatorios (“inflamatory posts”), que se propagaron viralmente por la red, según The New York Times, en un ejercicio de operaciones organizadas por alguna misteriosa entidad, con la aparente finalidad de influir en los resultados presidenciales. Quienes estaban inyectando material de modulación de la opinión pública no eran pacíficos ciudadanos americanos. Eran trolls (agentes anónimos) rusos. Más de 100.000 $ fueron invertidos en la red social por grupos de activistas vinculados a la inteligencia rusa. Su efecto alcanzó a más de 10 millones de usuarios.

Hoy existe una batalla legal para que esas cuentas radiactivas sean desveladas, pero Facebook no quiere hacerlo (aunque sí que las ha compartido con el Congreso norteamericano).  Al fin y al cabo, Facebook es una compañía con negocios globales, y quizá no acierta a ofrecer soluciones a este inesperado problema, que hasta hace muy poco negaba, y que parece que tiene una dimensión muy superior a la que parecía. Sin embargo, la estrategia de intromisión digital va más allá de Facebook. Google ha hecho público que existen evidencias de material de influencia digital rusa en Youtube, Gmail y otras plataformas digitales. Incluso en Instagram, red de amplio uso entre adolescentes.

¿Tuvo Facebook un rol decisivo en la victoria de Donald Trump? Quizá nunca lo sepamos. Pero lo que ha ocurrido es un punto de inflexión en la concepción de la democracia y en el control de los instrumentos que pueden afectarla. Si, en lugar de los 100.000 $ detectados en modo de interferencia rusa para alterar la opinión pública norteamericana, alguien hubiera invertido un billón de dólares, ¿qué hubiera pasado? ¿Se puede modular, o incluso, transformar completamente un estado de opinión en una gran muestra de población conectada digitalmente? El posible impacto de Facebook en el resultado de unas elecciones parece, hoy por hoy incuestionable. Ya en 2010 se llevó a cabo un interesante experimento. En unas elecciones al congreso, se añadió a Facebook una aplicación electoral que constaba de tres gadgets: un mapa con los lugares de voto, un botón “I’ve voted”, y, una vez presionado éste, un gráfico que presentaba la imagen de 6 contactos que también habían votado. Se estimó que la aplicación movilizó directamente 60.000 nuevos votantes (que se hubieran abstenido sin ella), e indirectamente (a través de los contactos), 340.000 votos más. Algo que podía ser absolutamente decisivo, teniendo en cuenta que George Bush ganó Florida (y la presidencia) por sólo 537 votos.

Sumemos a ese brutal potencial de incidir en la opinión y en la conducta del ciudadano los potentes algoritmos de inteligencia artificial que están desarrollando todas las grandes empresas en la frontera digital, y su inmensa base de datos de usuarios (más de 2.000 millones en Facebook). ¿Y si, por ejemplo, Zuckerberg -o alguien que le pague por ello- detecta y segmenta automáticamente todos aquellos usuarios de Facebook cuyo perfil está relacionado con una determinada opción política, e inmediatamente empieza a diseminar material dirigido, para disuadirles de votar, o inducir un cambio de opción de voto? En marketing, las aplicaciones son inmediatas. Si queremos crear un estado de opinión sobre un producto -en positivo o en negativo-, sólo cabe acudir a Facebook. ¿Podríamos generar una campaña ofensiva de desprestigio del competidor, y borrarlo del mapa, a través de fake news u otras artimañas psicológicamente más elaboradas? ¿Podemos crear nuevas necesidades, de la nada, gracias a brutales campañas de márketing indirecto en Facebook? ¿Podemos posicionar o desposicionar un producto o una marca instantáneamente a través de redes sociales? 


En el mundo digital aparecen tantas oportunidades inesperadas como escalofriantes amenazas. A medida que digitalización se extiende, los dispositivos se interconectan y aparecen capas superiores de inteligencia, más y mejores sistemas de prevención y control deben activarse. La seguridad informática y el buen uso de los sistemas de información no sólo serán un tema estratégico a nivel militar, o político. Lo serán por su posible afectación en cualquier ámbito de la vida cotidiana. Este campo dará mucho que hablar en el futuro. Si lo descuidamos, podemos encontrarnos magnates rusos decidiendo elecciones en EEUU o Alemania, yihadistas convirtiendo en misiles las flotas de vehículos autoconducidos de las ciudades occidentales, o hackers norcoreanos dosificando la insulina de los enfermos de diabetes. Si conoce alguna start-up de ciberseguridad, invierta en ella. 

7 de octubre de 2017

DESDE LA DESOLACIÓN

Escribo desde la desolación de una semana que jamás podré olvidar. Empresas emblemáticas han anunciado que abandonan mi tierra, abrumadas por el miedo a la inseguridad jurídica y la incertidumbre ante lo que puede pasar. Caixabank (“La Caixa”), Banc de Sabadell, Gas Natural, Aguas de Barcelona, Oryzon Genomics, Dogi, Service Point… Empresas que temen quedar atrapadas en una especie de tierra de nadie, fuera del paraguas de la Unión Europea, posiblemente el mayor proyecto de solidaridad política y social del mundo. Proyecto que fue diseñado tras un siglo de guerras que desgraciadamente se ha borrado de nuestra memoria colectiva. 

Es cierto que quizá el movimiento de fuga de alguna de esas empresas sea sólo táctico, momentáneo, para tranquilizar a sus accionistas ante la imprevisibilidad y extrema incertidumbre del momento. Muchas volverán, porque sus mercados continúan aquí. Al final, sólo trasladan sus sedes sociales. Pero algo me dice que el fondo es estratégico. Catalunya puede perder en pocos días gran parte de sus activos financieros, tecnológicos e industriales, acumulados a lo largo de años de paciente trabajo. Me temo que una vez en otros entornos, poco a poco, nuevos directivos y nuevos horizontes se irán apoderando de esas compañías, alejando la posibilidad de nuevas inversiones, crecimiento y empleo en Catalunya. Deseo equivocarme. Pero, desgraciadamente, estos días turbulentos han empañado la potente imagen de Barcelona, y su marca internacional. Una ciudad abierta y cosmopolita, cuyo cénit se logró con los magníficos Juegos Olímpicos del 92, otro gran proyecto de colaboración y generosidad. Mucho deben cambiar las cosas para que las imágenes de esta semana, diseminadas por todo el planeta a velocidad digital, no eviten la cancelación de nuevas inversiones y la atracción de talento internacional. Miles de jóvenes estudiantes, que tenían Barcelona entre sus preferencias para formarse y disfrutar de una de las ciudades más bonitas del mundo, pueden estar ya buscando otros destinos en el mapa.

Perdonadme estos días de infinita tristeza. Se me agotan las ganas de seguir hablando sobre innovación, de seguir explicando batallitas sobre países y empresas que despuntan y generan valor, y de seguir motivando alumnos y lectores para que aprendan a innovar con éxito en un mundo cada vez más global, más complejo, y más dinámico. ¿Qué nos está pasando? ¿Vivo en una pesadilla? En una semana han pasado ante mis ojos, como en un surrealista cuadro de Dalí, imágenes de cargas policiales, ciudadanos aporreados por implacables antidisturbios, caceroladas en la noche, banderas por todas partes, escraches, carreteras cortadas, discursos irresponsables, miedos de corralitos, y fuga de sueños, muchos sueños que se van… No conozco la solución, ni quiero caer en la trampa de señalar al culpable. Quizá una generación entera de políticos deba marcharse urgentemente y dar paso a una nueva oleada de líderes que sepan reconducir la situación, buscar consensos, reparar las heridas, y recuperar el valor económico y social perdido.

Por suerte, siempre queda la montaña, el otoño, y el paso del tiempo, que también se llevará unos días tristes, que espero que olvidemos pronto.