15 de junio de 2017

CLUSTERS GLOBALES DE INNOVACIÓN

La World Intellectual Property Organization (WIPO) acaba de publicar un interesante estudio sobre los clústeres globales de innovación existentes en el mundo. Un clúster es una concentración territorial de empresas y agentes relacionados que compiten y cooperan en un determinado ámbito económico. WIPO analiza los lugares de origen de las aproximadamente 950.000 patentes internacionales registradas entre 2010 y 2015, identificando los 100 principales clústeres de innovación del mundo (los emplazamientos de mayor densidad tecnológica del planeta). El primero de ellos es Tokio-Yokohama, con 94.079 patentes registradas en ese periodo. El segundo, Shenzhen-Hong Kong, con 41.218. El tercero, San Francisco (Silicon Valley), con 34.187. Tras ellos, Seúl (34.187), y Osaka-Kobe-Kyoto (23.512). Entre los diez primeros clústeres globales de innovación, 6 son asiáticos, 3 son americanos y sólo uno es europeo (París, en décima posición, con 13.461 patentes). Siete países concentran 4 o más clústeres: Estados Unidos (31), Alemania (12), Japón (8), China (7), Francia (5), Canadá (4), y Corea del Sur (4). España sólo tiene dos clústeres en el ranking: Barcelona, que se halla en la posición 52 (2.033 patentes); y Madrid, en la 61 (1.796 patentes). La presencia de compañías multinacionales es determinante. En Barcelona, el mayor productor de patentes es Hewlett-Packard (autora del 8,7% de las patentes registradas). En Madrid, es Telefónica (13,3%). En ambos casos, las universidades y centros públicos de investigación tienen un rol significativo: en Barcelona dichos agentes registran el 17’3% de las patentes mientras que en Madrid aportan un 25’7% del total. Valores muy elevados comparados con los clústeres líderes: en Tokyo-Yokohama, las universidades y centros de investigación sólo registran el 2’9% del total de las patentes. El resto, son registradas por empresas.

Pese a la buena noticia de un incremento reciente del 20% de exportaciones de alta tecnología en Catalunya, el sistema tecnológico de Tokyo-Yokohama genera patentes a una tasa 46’9 veces superior al sistema tecnológico catalán. Silicon Valley lo hace 17 veces más rápido. Beijing, 7’58 veces. París, 6’72; y Stuttgart, 4’75 veces. Catalunya debería tener mayor capacidad innovadora, evidenciada (entre otras cosas) en el número de patentes producidas, especialmente cuando su posicionamiento internacional como gran ecosistema innovador es excelente: el país es atractivo para el talento internacional, disponemos de capacidad creativa reconocida globalmente (con genios de la talla de Gaudí, Dalí o Adrià), larga tradición empresarial y capital industrial, un renovado impulso emprendedor (especialmente en los sectores de las start-ups digitales y biotecnológicas), un sistema científico capaz de competir con parámetros de excelencia global, y escuelas de negocio líderes. Los bloques constituyentes necesarios para sustentar una dinámica económica basada en innovación. Sin embargo, la inversión agregada en I+D sobre PIB sigue siendo baja, y la producción de patentes no despega, especialmente en el sector empresarial. Según Michael Porter, profesor de Harvard, la competitividad de las empresas depende de su estrategia individual, pero también de la calidad del entorno donde compiten. A nivel de estrategia individual, existen dos opciones básicas: ofrecer el mismo valor que los competidores, a un precio inferior; u ofrecer un valor diferencial, y obtener una rentabilidad mayor por ello. La primera opción (competir en precio) no es una estrategia aconsejable: siempre aparecerá un competidor anóxico, más resistente, capaz de hundirte. La segunda opción (competir en valor) significa desarrollar capacidades exclusivas, únicas, insubstituibles e inimitables que permitan huir de la competencia y navegar en mercados con márgenes más suculentos. Y en un mundo que genera tecnología a un ritmo exponencial, disponer de tecnologías propias es un factor de diferenciación imbatible: ninguna otra dimensión de la innovación genera barreras de entrada a la competencia similares a las que genera disponer un know-how exclusivo. De ahí la necesidad estratégica de la I+D, la innovación abierta con universidades y centros de investigación (fuentes de conocimiento ex-novo) y la protección de la tecnología (las patentes).

Pero que las empresas presenten un nivel comparativamente bajo en innovación es indicativo de que hay que mejorar también la calidad del entorno donde compiten. Hay que seguir desarrollando un sistema de innovación que actúe como tal: incrementar los incentivos empresariales a la I+D mediante fiscalidad favorable, créditos blandos, ayudas directas y programas de compra pública de alta tecnología, sin trabas burocráticas. Hay que mantener las inversiones estratégicas en infraestructuras científicas y tecnológicas (especialmente en los campos que sustentan la competitividad empresarial), y priorizar los grupos de investigación que trabajen en proyectos tecnológicos empresariales (de largo plazo y profundidad científica, no en meros proyectos de ingeniería). No es cierto que “nuestras empresas no sean innovadoras”. Nuestras empresas son tan innovadoras como la calidad de su entorno y el marco institucional lo permite. La economía es una ciencia de incentivos. Cuando el sistema de incentivos académicos se orientó a la publicación de impacto, nuestros investigadores empezaron a publicar al máximo nivel. Y cuando se disponga de un sistema de incentivos que fomenten la I+D empresarial, consorciada con universidades y centros de investigación, lo que ahora es extraño (cooperar) se convertirá en hábito, el hábito en rutina, y la rutina en cultura. Respecto a lo logrado hasta ahora, el esfuerzo es incremental, de última milla.  La alternativa: conformarnos con un país low-cost.

Artículo publicado en La Vanguardia el 11/06/2017


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